Aquí y Ahora. Diez años son mucho

La Razón, 20 diciembre 2015

evo

A un decenio del triunfo electoral del Movimiento al Socialismo, una constatación preliminar es que las expectativas eran mayores a los logros alcanzados. En otras palabras, las esperanzas eran mucho más grandes que las realizaciones plasmadas hasta ahora en la realidad.

Esto no significa, sin embargo, que el resultado sea igual a cero. Hay transformaciones positivas remarcables en los planos económico y político.

Recuperado el control sobre la producción de los hidrocarburos, el país percibió un volumen extraordinario de recursos, provenientes no sólo de la elevación coyuntural de los precios en el mercado internacional, sino de la modificación sustancial de las reglas de juego. Las transnacionales, les guste o no, tuvieron que adaptarse a los nuevos términos. La nacionalización de los hidrocarburos, y las nacionalizaciones de la electricidad, las fundiciones, las telecomunicaciones y la reactivación del sector minero estatal, han devuelto al Estado un rol estratégico en la economía. Esto, junto al mantenimiento de la estabilidad macroeconómica, arrojan un saldo claramente favorable.

Y en plano político el logro mayor es, sin duda, la nueva Constitución Política del Estado, vigente desde el 2009, y que debió ser el puntal de la nueva institucionalidad plurinacional. Pese a los agudos conflictos desatados y a no pocos desaciertos oficialistas en el curso de su elaboración, el resultado fue un nuevo marco legal y una nueva situación política de gran legitimidad y estabilidad democrática para la continuidad de las transformaciones. La oposición sediciosa, violenta y hasta separatista quedó derrotada y en desbande. A ello hay que añadir una política internacional independiente y soberana, de impulso a la integración latinoamericana y de acciones exitosas en pro de la reivindicación marítima.

Hasta aquí todo bien ¡felicidades! Pero los déficits, incoherencias y errores no son pocos ni de menor calibre.

Sin negar los avances en ciertos rubros, sigue vigente en lo fundamental el modelo “extractivista” exportador de materias primas.

Pareciera que en función a nuevas alianzas políticas las reformas de sentido patriótico y redistributivo (que no socialistas) llegaron a su fin. No se habla más de “profundizar” el proceso y se dejó intocados poderosos intereses en el sector minero y bancario, además de alentar los agro-negocios de exportación a límites que vulneran y contradicen el liderazgo que Bolivia había adquirido en la protección a la Madre Tierra; políticas que tampoco aseguran la soberanía alimentaria (comer lo que producimos).

Hay gruesas deficiencias en salud, justicia y policía. Problemas que no se han solucionado y más bien han tendido a agravarse, en algunos casos los remedios ensayados resultaron peores que la enfermedad. Estos temas no figuran en la agenda actual de las preocupaciones oficiales (por ejemplo, las “cumbres” de la salud y de la justicia que supuestamente los abordarían con amplia participación, quedaron en el papel).

No se ha cumplido la promesa de cero tolerancia a la corrupción. El caso del Fondo Indígena es una demostración concluyente. Tampoco el frenético hacer “obras” estuvo libre de corruptelas, despilfarros e improvisaciones.

El hilo conductor de la mayoría de estas situaciones negativas es que todo el aparato gubernamental ha estado subordinado invariablemente a una campaña electoral, sostenida, permanente, indefinida y estridente. Machacar con propaganda hasta provocar rechazo y, de paso, hostigar a medios y a periodistas, es la peor de las estrategias. No tengo dudas.

Aquí y Ahora – Diez años son nada

La Razón, 6 diciembre 2015

A partir de cierta edad para los seres humanos el tiempo transcurre tan rápidamente que ya no lo contamos por años, sino por décadas. Y al hacer el recuento de los últimos diez años, la sensación predominante es que pasaron vertiginosamente, se diría que en un santiamén, en un abrir y cerrar de ojos. Sin embargo, ¡cuántas cosas sucedieron en este corto-largo tiempo!

LPZ1000 LA PAZ (BOLIVIA) 24/01/06 .- (ARCHIVO) El presidente de Bolivia durante una rueda de prensa luego de su reunión con el presidente del gobierno español, José Luis Rodriguez Zapatero. Los consumidores de todo el mundo pueden adquirir ya a través de internet la popular "chompa" o suéter a rayas que luce el presidente de Bolivia, Evo Morales, en sus apariciens públicas, por iniciativa de la empresa Boliviamall.com. EFE/PACO CAMPOSEvo Morales: es hora de hacer un balance

Me parece que fuera ayer la enorme expectativa que se levantó a raíz de las elecciones presidenciales de diciembre de 2005, como culminación de la crisis iniciada el 2003 (levantamiento popular en El Alto, huida de los Sánchez, sucesión constitucional de Carlos Mesa, referéndum sobre los hidrocarburos, amago de una nueva “guerra del gas”, gobierno transitorio de Rodríguez Veltzé y adelanto de las elecciones). Si damos una mirada a estos procesos, no podemos dejar de sorprendernos de la capacidad del pueblo boliviano de sortear difíciles y complicados momentos por medios democráticos.

Y así fue en efecto. Bolivia estaba madura para el cambio y el cambio llegó a través de las urnas.

Las encuestas, erradas como casi siempre, hacían temer una suerte de segunda vuelta en el Congreso, el Movimiento al Socialismo se perfilaba como la primera fuerza, aunque muy lejos de la mayoría absoluta. Pero los resultados fueron más que contundentes, no dejaron ningún lugar a la duda. De un poco más de tres millones de votantes (84.5 % de los inscritos) votaron por el binomio Evo-Alvaro, casi el 54%. Muy lejos, Jorge Quiroga alcanzó cerca del 29%; Doria Medina no llegó ni al 8%; el desvencijado MNR ni al 7% y el desafiante Felipe Quispe apenas un poco más del 2%.

Las cosas estaban claras. La presencia opositora en seis de las nueve prefecturas y con mayoritaria en la Cámara de Senadores, eran obstáculos a tomar en cuenta, pero no impedirían el inicio de las transformaciones anunciadas en cuyo núcleo estaban la recuperación del control los hidrocarburos y la realización de una Asamblea Constituyente que refundara el Estado excluyente y racista que habíamos heredado.

El país entero vibró de entusiasmo en aquellos memorables días. La insólita gira mundial del presidente electo con su no menos insólita chompa a rayas. Las movilizaciones masivas y las celebraciones en Tiwanaku, la llegada de numerosas representaciones extranjeras, el emotivo acto de posesión en el Congreso. La mayoría de los bolivianos y bolivianas vivimos un reencuentro con nuestras raíces y desbordábamos de alegría. Quedan estampadas en el recuerdo las imágenes de aquellos momentos inolvidables. Sólo muy pocas mentes lúcidas habían previsto que pronto acabaría el “apartheid” a la boliviana, que era completamente natural que un país cuya población mayoritaria tiene origen indígena tuviera también autoridades indígenas. Lo que no había ocurrido en más de siglo y medio de vida republicana estaba a punto de hacerse realidad. Las élites criollas, los clanes familiares que desde siempre se habían turnado en el ejercicio del poder, serían por fin desplazados. Las generaciones que habíamos luchado por una democracia avanzada, con justicia social y auténtica independencia de los poderes imperiales, nos sentíamos realizados y convencidos de que nuestros esfuerzos y sacrificios bien valieron la pena.

En fin, una oleada de indescriptible y justificada esperanza rodeaba los acontecimientos que vivíamos.

¿Qué queda de todo aquello diez años después? ¿Retrocedimos o avanzamos? Ha llegado pues la hora de hacer un balance. Lo intentaremos en nuestra próxima columna, al filo del año que se va y que cierra el círculo de una década.