Desvaríos sobre lo que podría ocurrir

 

Varios gobiernos tienen en la corrupción e ineficiencia sus talones de Aquiles que los hacen vulnerables.

La Razón/ Aquí y Ahora  (Edición Impresa) / Carlos Soria Galvarro

28 de febrero de 2016

A una semana del referéndum no es posible aún apreciar si se producirán cambios de consideración en la conducción gubernamental y en las políticas que se vienen ejecutando. Al parecer, la discusión interna recién comenzó el pasado jueves. No se sabe si transcurrirá por carriles autocríticos elementales y si se admitirán y corregirán por lo menos los errores más gruesos.

Sin imitar a los estudiosos posmodernos que inventan “escenarios” y “actores” según sus propios gustos, intentaremos apenas perfilar el probable curso que podrían tomar los acontecimientos por efecto de lo que dijeron las urnas el 21 de febrero.

Un primer rumbo deseable, asumiendo que el problema principal es la falta de conducción, podría constituirse en una instancia democrática y colectiva capaz de analizar a fondo la coyuntura, reflexionar políticamente y adoptar desde las bases lineamientos estratégicos debatidos, asimilados, enriquecidos y también aplicados con creatividad e iniciativa en diferentes niveles y por el conjunto de organizaciones, personalidades y movimientos sociales que forman parte de lo que podría llamarse el “bloque social revolucionario” en el poder. Obviamente, Evo Morales y Álvaro García jugarían un rol preponderante en esa instancia, pero a la vez tendrían que asumir las determinaciones que ésta adopte como vinculantes para todos. ¿La Coordinadora Nacional por el Cambio (Conalcam) podría ser el germen de ese núcleo de conducción? Tal vez. En ese cuadro, el ampliado de las seis federaciones del trópico debiera ser uno más, y no el único, de los muchos espacios de consulta a ser promovidos.

Estamos hablando, entonces, del reencauzamiento del proceso iniciado hace un decenio; de la recuperación de sus propuestas y valores iniciales; de consolidar, ampliar y profundizar los logros alcanzados; de rectificar lo que está mal, arrinconar a la corrupción y desarrollar mecanismos y procedimientos democráticos para designar dirigentes y representantes. Iluso, dirán.

El otro rumbo, no deseable pero infelizmente muy probable, es dejar las cosas como están; no asumir responsabilidades sobre las fallas cometidas en la gestión pública y en el manejo de la propia campaña (una mezcla caótica de triunfalismo, pasividad defensiva acompañada de autogoles y una propuesta reiterada: más de lo mismo a título de estabilidad). Pesimista, dirán.

¿Que el imperio movió sus hilos y jugó sus cartas? ¡Por supuesto! Sería ingenuidad o estupidez ignorarlo. Es política oficial de Estados Unidos, no declarada pero infaltable, poner en marcha acciones subversivas (“operaciones encubiertas”) allí donde existan procesos o gobiernos que afecten sus intereses y más aún donde se los denuncia y enfrenta abiertamente. Además, ¿acaso puede negarse la existencia de una ofensiva global y concertada entre el imperio y las oligarquías locales contra varios gobiernos de América del Sur? Cosa distinta es que tales gobiernos tienen en la corrupción y la ineficiencia sus propios talones de Aquiles que los hacen vulnerables.

¿Que la guerra sucia fue canalizada especialmente por las redes sociales? No es ninguna novedad. Muy activas en las capas medias citadinas, sobre todo juveniles, son un arma de doble filo, el canal por donde mejor circula el rumor anónimo, desde donde es más fácil tirar la piedra y esconder la mano. Pero no son sólo eso; las redes sociales tienen un enorme potencial participativo y democrático que, bien utilizado, puede servir a las mejores causas. Regularlas no solamente afectaría derechos constitucionales, sino que podría resultar una tarea imposible.

Por el momento, hay más incertidumbre que esperanza.

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¡Larga vida a los libros!

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Una brigada de guerreros de la lectura da ejemplo en México de cómo incentivar a la gente para que disfrute de leer.

La Razón/ Suplemento Tendencias (Edición Impresa) / Carlos Soria Galvarro

14:06 / 15 de febrero de 2016

Un pueblo que lee es un pueblo constructor de pensamiento crítico, un promotor de utopías. Un pueblo que conoce su historia y se apropia de ella se sentirá orgulloso de sus raíces. La lectura socializa, comparte experiencias e informaciones”. Así es como define su ideario la Brigada para Leer en Libertad, una asociación civil mexicana constituida por un grupo de activistas inspirados e impulsados por Paco Ignacio Taibo II, escritor, periodista y activista mexicano de origen español que desarrolla varios proyectos a ambos lados del Atlántico. La idea central de la Brigada es sacar los libros a la calle, hacerlos accesibles a la gente común, no solo abaratando los precios o regalándolos sino también promoviendo debates, conferencias, presentaciones y una interminable lista de actividades entretenidas que van desde juegos y divertimientos infantiles hasta concursos, conciertos musicales y subastas de libros.

Estuvimos en una de las 20 ferias que realiza anualmente la Brigada, la cuarta en Texcoco, población de unos 200.000 habitantes cercana al enjambre del Distrito Federal (DF), que precisamente estos días dejó atrás su conocido nombre para transformarse oficialmente en Ciudad de México (CDMX). Texcoco es un municipio que ha conservado su identidad local, heredada de los señoríos chichimecas que tuvieron como su máximo exponente al rey-poeta Nezahualcoyotl. También en el siglo XVI el conquistador español Hernán Cortés hizo de Texcoco su base de operaciones para dominar todo el valle mexicano y —conjuntamente en Tenochtitlán, Xochimilco y Tacuba— erigir las bases de la Nueva España. Dos eventos históricos que han dejado una impronta que persiste en la ciudad actual. Sigue leyendo

El círculo perverso de los conflictos

Nadie se ocupa de estudiar, con un mínimo de rigor, los daños materiales que ocasionan los bloqueos

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Soria Galvarro

00:00 / 14 de febrero de 2016

En Bolivia se suele estudiar con detenimiento muchos temas de orden social. Variedad de personas e instituciones examinan del revés y del derecho distintos aspectos de la realidad. Sin embargo, no encuentro que alguien se dedique seria y sistemáticamente a cuantificar las pérdidas que ocasionan al país en su conjunto los bloqueos de carreteras, como el reciente protagonizado por los empresarios del transporte pesado.

Los estudiosos coinciden en que el asunto entraña aspectos políticos, claro está, puesto que supone acciones que pueden orientarse, de un modo implícito o algunas veces explícito, a sumar fuerzas a las corrientes de oposición o a conseguir determinados cambios en el ámbito político. Otras veces, como parece que ocurrió con los camioneros, se aprovecha el contexto político bajo la creencia de que las autoridades serán más fáciles de doblegar y las demandas serán mejor atendidas en un clima electoral saturado de búsqueda de simpatías. En otras palabras, se pone en marcha un mecanismo que solo puede ser calificado de chantaje.

No obstante, nadie se ocupa de establecer, con un mínimo de rigor, la secuela de daños materiales que ocasionan los cortes de carreteras. Por lo general, la cobertura periodística de estos acontecimientos se queda en la superficie. Especialmente para la televisión son una fiesta de imágenes: inmensas filas de vehículos varados; muchedumbres de viajeros pasando frío, hambre e inauditos sufrimientos; cientos de choferes angustiados junto a sus camiones; productos transportados en estado de descomposición, todo un variadísimo espectáculo.

Está bien, son los aspectos humanos, la parte visible del fenómeno. ¿Y lo que está detrás? Por de pronto digamos que, según se ha informado, la mitad de los turistas que habían hecho reservas no llegaron al Carnaval de Oruro. Este no es un dato menor, pero infelizmente no es el único. Alguien tendría que empezar a sumar lo que se perdió por exportaciones no realizadas y las secuelas que implican compromisos no cumplidos, por los productos echados a perder por no llegar a destino, y así, de seguido.

Lo más graves es que, solucionado o atenuado el conflicto, se tiende a respirar hondo y a olvidar los daños ocasionados. Hasta la próxima. Casi siempre nadie asume responsabilidades. Los delitos quedan en la más completa impunidad.

¿Delitos? Claro que sí. El inciso 7 del Art. 21 de la Constitución Política del Estado establece que las bolivianas y los bolivianos tenemos derecho “a la libertad de residencia, permanencia y circulación en todo el territorio boliviano, que incluye la salida e ingreso del país”. Los empresarios del transporte pesado violaron abiertamente este derecho, y por lo menos sus dirigentes debieran ser enjuiciados. Es hora de sentar un precedente.

La rutina de los conflictos funciona más o menos así: primer paso, una demanda, por más insustancial, disparatada, injusta o extravagante que sea; segundo, la amenaza y los plazos perentorios; tercero, la “radicalización de las medidas de presión”, seguida del bloqueo “hasta las últimas consecuencias”; cuarto, el diálogo, generalmente a ruego de las autoridades; quinto y último, la firma de un convenio que recoge en todo o en parte la demanda inicial. Muchos líderes sociales y dirigentes de grupos de presión suponen que esta rutina no solamente es efectiva, sino que no existe otra forma de peticionar.

Es de lamentar, pero por la otra vía con frecuencia también se viola otro derecho: el señalado en el Art. 24: “Toda persona tiene derecho a la petición de manera individual o colectiva, sea oral o escrita, y a la obtención de respuesta formal y pronta”. Sin embargo, funcionarios públicos de diferentes niveles, encargados de procesar demandas y peticiones, no dan respuestas formales y oportunas, esperan que el conflicto estalle para recién buscar los remedios, no hacen los esfuerzos necesarios para prevenir los conflictos ni manejan una suerte de alerta temprana para evitarlos. De ese modo, se adhieren a la rutina ya establecida, se convierten en parte de ella. Que la cacharpaya carnavalera y los culebrones virales no nos hagan olvidar que muchas cosas tienen que cambiar en esta materia. Y cuanto antes, mejor.