Comisión de la Verdad y apertura de archivos

En medio de los enredos que ensombrecen el panorama de este fin de año, a pesar de las incoherencias de unos y otros, y por encima de las estridencias desatadas por el apasionamiento político, hay en ciernes un avance positivo enfilado a saldar una antigua deuda histórica de la democracia. Se trata del tratamiento de una ley que debe establecer una Comisión de la Verdad para cerrar los casos de persecuciones, asesinatos, torturas, desapariciones y otros atentados contra los derechos humanos del periodo 1964-1982.

Si el tema no vuelve a estancarse o postergarse sin fecha como ocurrió anteriormente, si no se la deja de lado ante apremios políticos circunstanciales, en las próximas semanas esta ley con sus objetivos primigenios tendría que ser promulgada de una buena vez. Si esto ocurre, no solamente se atendería la mencionada cuenta pendiente, aspecto que ya de por sí es relevante. También se cumpliría un compromiso que, como Estado, Bolivia asumió en reiteradas oportunidades ante organismos internacionales y que venía soslayando sin una explicación coherente. Pero además, y esto es muy importante, la comisión a nominarse tendría la suficiente autoridad para ordenar la apertura de archivos clasificados, de todas las reparticiones del Estado y de cualquier otra institución pública o privada.

Hace poco, en actitud loable, el Ministerio de Relaciones Exteriores decidió la desclasificación de sus archivos, una poderosa señal que se esperaba sea imitada por otras instancias del aparato estatal. Si esto no ha ocurrido todavía por iniciativa propia, tendría que suceder ahora por mandato de la ley, si finalmente ésta se aprueba sin recortes ni limitaciones de última hora.

Quiere decir lo anterior que en  2017 podría crearse en el país un clima de saludable transparencia, por lo menos en lo que se refiere a fuentes documentales, en especial del sector del Ministerio de Defensa y de las reparticiones castrenses que están bajo su dependencia; entidades que hasta hoy han sido las más reticentes a la apertura de sus archivos, dejando la sensación de que se ocultan deliberadamente responsabilidades y evidencias de crímenes como el cometido con Marcelo Quiroga Santa Cruz y Carlos Flores Bedregal, el fatídico 17 de julio de 1980.

En el año que está por llegar se cumple el medio siglo de la guerrilla de Ernesto Che Guevara, acontecimiento que está inmerso en el periodo antes señalado y que posee también diversas aristas investigables por la llamada Comisión de la Verdad. Por ejemplo: el asesinato y la desaparición forzada de prisioneros (entre ellos el propio Che, Simeón Cuba, Aniceto Reinaga, Julio Velasco, Jorge Vázquez Viaña y otros, además de la larga lista de fusilados en la guerrilla de Teoponte). El reparto de las pertenencias de los capturados como botín de guerra no impidió que una parte de la documentación incautada en las acciones fuera a parar a los archivos militares junto a los papeles producidos por la propia institución castrense.

A estas alturas y en correspondencia con el clima de apertura que podría generarse con la ley que comentamos, correspondería realizar un acopio sistemático y riguroso del material documental que ha quedado en manos privadas o ha desaparecido (como el caso de toda la documentación del juicio de Camiri contra el intelectual francés Regis Debray y el artista argentino Ciro Bustos). Pero a la vez es imprescindible abrir esos archivos, rompiendo el trato discriminatorio que ha imperado hasta el presente al permitir trabajar en ellos solo a los investigadores militares. Después de 50 años, no tiene sentido seguir guardando secretos que en gran medida ya no lo son.

Un museo de arte a gran atura

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Desde comienzos de la década de los años 70 quienes vivíamos en Ciudad Satélite, en El Alto, conocíamos una inmensa mole de cemento que llamábamos con sorna “monumento a CONAVI”. Era un enorme tanque de agua, sujeto en pilares de concreto a una altura de casi cuatro pisos. Fue levantado por el Consejo Nacional de Vivienda y jamás, ni un solo día, sirvió para lo que supuestamente había sido construido, a un costo seguramente millonario y con las “coimisiones” que son de suponer.

Tres décadas después tenemos allí funcionando el Museo de Arte “Antonio Paredes Candia”.

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Fidel Castro

fidel-castro-1-580x458Aquí y Ahora La Razón (Edición Impresa) / 04 de diciembre de 2016/

Al firmar el libro de condolencias por su partida me enfrenté a la misión casi imposible de resumir en pocas palabras mi percepción sobre un personaje de dimensiones universales. Esto es lo que salió: “Gigante del pensamiento, la palabra y la acción; campeón de la dignidad de los pueblos de Cuba y de América Latina”.

La noticia de su muerte conmovió al mundo, en ningún país pasó desapercibida. Por el contrario, suscitó casi siempre expresiones de admiración, de respeto y congoja. Los funerales, con la participación de millones de personas de todas las edades y condiciones, difícilmente tienen parangón, tanto en la isla como en el planeta entero. Con solo mencionar estos dos elementos caen en el más grotesco ridículo las acciones de jolgorio de grupos de residentes de origen cubano en Miami, cuyas imágenes fueron difundidas hasta el cansancio y el hastío por CNN y otras cadenas televisivas. Asimismo, dejan una pésima impresión las palabras del presidente electo de  Estados Unidos, quien ha desenterrado la caduca fraseología de la Guerra Fría y ha dejado una amenazante perspectiva de anular lo que se había avanzado con Obama en materia de normalización de relaciones, y lo peor, levantar de nuevo el “gran garrote” (big stick) contra nuestros pueblos.

En resumen, con Fidel Castro estamos ante una personalidad descollante e influyente del último medio siglo a nivel mundial. A riesgo de quedarnos cortos se enumeran a continuación algunos de sus aportes, en gran medida plasmados en la Cuba de hoy. Por encima de todo, la irrenunciable dignidad y soberanía de los pueblos que él mismo encarnó en su patria; la visión bolivariana y martiana de integración de la gran patria latinoamericana; su convicción de la necesidad y posibilidad de cambios revolucionarios orientados a la igualdad y la justicia social; su concepción del desarrollo, no solo como crecimiento económico, sino también como desarrollo social dirigido a reducir y eliminar la pobreza, aspectos que se tradujeron en notables logros en la educación y la salud, adelantándose a las metas del milenio de la ONU; la genuina posición internacionalista y solidaria concretada en el apoyo a la lucha contra el dominio colonial en África y en las misiones de salud desplegadas en decenas de países; la erradicación de la discriminación y las desigualdades, tanto raciales como de género; iniciativas pioneras en pro de una conciencia ambientalista; su invariable apoyo a la reivindicación marítima boliviana, y un largo etcétera.

El camino no fue nada fácil ni tranquilo, ya se sabe. Desde el norte vinieron atentados terroristas; reclutamiento, preparación y financiamiento de grupos contrarrevolucionarios; campañas masivas y multimillonarias de desinformación; persistente y criminal bloqueo económico y financiero; aislamiento y expulsión de organismos internacionales como el sistema interamericano de la OEA; política migratoria destinada a seducir y atraer a refugiados cubanos (clara muestra de discriminación con los migrantes de los demás países latinoamericanos); y, junto a otro gran etcétera, por si lo anterior fuera poco, un increíble número de conspiraciones para eliminar físicamente a Fidel Castro. Frente a tal cúmulo de obstáculos, cuánta razón tenía Eduardo Galeano al decir que la Revolución cubana resultó lo que pudo ser y no lo que quiso ser.

No siendo un ente angelical, con sus virtudes y defectos, con sus manías y errores, con sus certezas e intuiciones, pero con su tenacidad a toda prueba y su terco aferramiento a una base de principios, Fidel Castro pasó la prueba. La Historia lo absolverá, no me cabe la menor duda.