SU TUMBA ES EL MAR

 

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“El Qh’echi”, su tumba es el mar

Puerto Montt, octubre de 2001. Una enorme multitud se ha congregado a orillas del mar en la curva de Pelluco al pie de una colina donde hay un pequeño barrio.

Él había bautizado con el sonoro nombre quechua Kay Huasi (“esta casa”) el hogar pionero que construyó en la parte más alta.  Después, algunos nuevos vecinos lo adoptaron para designar el lugar y así quedó en los primeros planos urbanísticos.

La orquesta ejecuta melodías clásicas mientras una pequeña embarcación en la que flamea la bandera tricolor boliviana se aproxima lentamente a la costa. El hijo mayor desciende de ella, y cuando las aguas alcanzan su cintura, vacía el contenido del pequeño cofre que lleva en las manos. Sus cenizas han quedado desparramadas en el mar, tal cual lo había dispuesto. Muchos de los circunstantes lloran mientras arrojan al agua las flores traídas para despedir al médico que, por más de un cuarto de siglo, había atendido a todos con esmero y dedicación.

Llegó a Chile pocos días antes del 11 de septiembre de 1973 para obtener una especialidad en cirugía. El hospital donde tenía una beca-trabajo se convirtió de pronto en uno de los centros del horror de aquellos días. Cientos de heridos y mutilados por la violencia del golpe pinochetista fueron traslados allí. Los médicos, él entre ellos, trabajaron sin dormir salvando vidas. Con lágrimas en los ojos años después contó esa dramática experiencia que quizá le generó un inconsciente pacto de sangre con el país vecino.

Terminada la especialidad se enfrentó a una decisión crucial. Volver a Bolivia, donde la dictadura de Banzer perseguía a varios de sus familiares y podía cualquier día incluirlo en sus listas, o buscar trabajo en algún recóndito lugar del largo mapa de Chile. Optó por lo segundo y se fue al sur con toda su familia. Pensó que su estadía sería corta, de apenas el tiempo necesario para afianzar sus habilidades quirúrgicas. Pero, el bello paisaje de bosques y lagos casi eternamente regados por la lluvia, el afecto con que la  gente lo recibió y su apasionada dedicación al trabajo, lo retuvieron allí 26 años. Cuando hacía preparativos en serio para volver a Cochabamba y llevar una vida descansada aunque siempre dedicada a aliviar el dolor humano, lo sorprendió la muerte. Ya no pudimos ir juntos al Carnaval de Oruro como lo habíamos planeado al recibir en su hogar el nuevo milenio.

Desde muy joven lo apodaron “El Qh’echiª” por el corte de pelo erizado que usaba, sobrenombre que yo heredé al trasladarme a La Paz como “El Qhe’chi menor” y que ciertamente conservo con orgullo, aunque muchos ignoran dónde se origina.

En algunas ocasiones, bajo el rótulo de “Siluetas”, intenté brindar en esta columna pinceladas sobre personas que conocí y que merecen ser recordadas. Renuncié a este propósito debido al riesgo inminente de convertirme en un escritor sólo de obituarios, dada la cantidad de gente conocida que se adelanta en partir. Sin embargo, hoy hago la excepción en recuerdo de mi hermano querido, Eduardo Soria Galvarro, que hubiera cumplido años este 12 de enero. La silueta de un boliviano de los muchos notables que circulan o circularon por el mundo.

La coherencia, otra vez

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Si hay algo que los ciudadanos descubren con extrema facilidad y repudian es la falta de coherencia.

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Soria Galvarro

/ 01 de enero de 2016

Al repasar las columnas que cada quincena publiqué el año ya pasado, descubro una constante que al parecer me obsesiona: si hay algo que los ciudadanos descubren con extrema facilidad y repudian es la falta de coherencia. Es decir, cuando lo hecho no concuasa con lo dicho. Decir una cosa y hacer lo contrario es la mejor manera de anotarse puntos en contra; y esto no se arregla con abusivas, millonarias y machaconas campañas de propaganda en los medios… Las estrategias que venden gato por liebre, propias del marketing político, pueden alcanzar logros parciales; son capaces de obtener “resultados” a pedido de sus clientes, pero a la vuelta de muy poco, tales éxitos se muestran efímeros y deleznables.

Se cumple el viejo adagio atribuido a Lincoln de que se puede engañar todo el tiempo a una parte del pueblo, o una parte del tiempo a todo el pueblo, pero nadie puede engañar todo el tiempo a todo el pueblo.

Gonzalo Sánchez de Lozada tuvo que aprender en carne propia la lección del 2002. Atenido a su millonaria chequera contrató los servicios de los más capos estrategas norteamericanos y consiguió volcar transitoriamente los resultados a su favor, de la misma forma que algunas campañas publicitarias posicionan momentáneamente un determinado producto, hasta que los consumidores comprueban que éste no es como lo pintan.

Ciertos estrategas del oficialismo, que tienen a su disposición una desmesurada cantidad de recursos públicos y que no poseen ni de lejos la eficiencia de los “marketineros” yanquis, podrían también asimilar la lección en lo que les toca.

Parece increíble, al final, más temprano que tarde la gente desecha lo que es “pura propaganda” y compara la información con los datos de la realidad. Si la información coincide con sus propias percepciones, si no contradice a los hechos, se refuerzan las convicciones, renace el entusiasmo y las adhesiones surgen de un modo natural y espontáneo. Y a la inversa, cuando por ejemplo se reitera la consigna de “cero tolerancia a la corrupción” y a la vez se propugna candidatos con notoria cola de paja, los resultados están a la vista. La coherencia es, pues, la clave del éxito.

Siento que esta reflexión es muy pertinente. El año que comienza hoy viene muy cargado, será de grandes batallas políticas que definirán el rumbo de los procesos de cambio iniciados el 2006.

El contexto externo es adverso tanto en lo económico como en lo político; pende la amenaza del retorno del “gran garrote” estadounidense contra las posiciones soberanas, las transformaciones progresistas en democracia y los avances de la integración latinoamericana.

En lo interno el panorama no es menos complicado. El bloque social que apoya al proceso tiene varios síntomas de deterioro y está seriamente erosionado por el lado de las capas medias y la intelectualidad. La credibilidad de su liderazgo ha sido afectada por sucesivos escándalos de presunta corrupción y por errores estratégicos de gestión, como el no haber previsto la crisis del agua.

La insistencia en modificar la Constitución para repostular al presidente Evo es una apuesta peligrosa de resultados inciertos. Por otra parte, la persistente confrontación con los medios, sector que encabeza los índices de credibilidad, provoca que los gremios periodísticos cierren filas inamistosamente, justo en momentos en que la batalla por la información será decisiva; pero además, suena a cojo echando la culpa al empedrado.

Recuperar la sensatez y el realismo, corregir errores, reconducir el proceso…Dudo que sean coherentes… pero la esperanza es lo último que se pierde. ¡Feliz 2017!