Apuntes sobre un bicentenario

Así es como llegamos a los dos siglos, con celebraciones locales a lo largo del periodo

Recientemente se han recordado los 200 años de la declaración de la independencia de las “Provincias Unidas de Sudamérica” (con ese nombre de proyección continental nació la actual Argentina). La conmemoración oficial, bastante insípida en el contexto regresivo que vive ese país, tuvo como escenario principal la ciudad de Tucumán, donde el 9 de julio de 1816 una treintena de representantes, entre ellos algunos llegados del entonces Alto Perú, suscribieron el histórico documento.
El hecho nos sitúa en un marco histórico común, pues, con poca diferencia de tiempo, hace dos centurias que surgieron la mayoría de las repúblicas latinoamericanas. A comienzos del siglo XIX, en el inicio del proceso están los levantamientos de 1809, el 25 de mayo en Charcas, el 16 de julio en La Paz y el 10 de agosto en Quito. De ahí en más el estamento criollo, vale decir los descendientes americanos de los conquistadores ibéricos, pasaron a ser los actores predominantes, pues las rebeliones indígenas que precedieron a esta etapa, a fines del siglo XVIII, habían sido aplastadas con inaudita violencia.
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Aquí y Ahora en La Razón. Osqui Guzmán es Bululú

Bululú

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Soria Galvarro

/ 13 de septiembre de 2015

Qué lamentable es lo poco que vienen haciendo nuestros países para reforzar sus vínculos en el bicentenario de los procesos emancipatorios, iniciados a comienzos del siglo XIX, y que culminaron décadas después con la formación de un racimo de repúblicas dispersas.

Al parecer, no se valora lo suficiente que la conmemoración de estas fechas es una inmejorable oportunidad para rescatar y hacer visibles los lazos históricos que nos unen y, en forma paralela, profundizar el intercambio de manifestaciones culturales que favorezcan el conocimiento mutuo de nuestros pueblos.

Entre Argentina y Bolivia, por ejemplo, si bien se ha inaugurado una imponente estatua de Juana Azurduy en los predios de la Casa Rosada, no se advierte una labor sostenida y persistente al respecto. Pareciera que en muchos niveles se supone que las periódicas palizas que recibimos en el fútbol, la frondosa telebasura porteña que nos llega a través del cable, o las “entradas” folklóricas que periódicamente organizan los residentes bolivianos es lo único que puede ocurrir entre nuestros países en materia de intercambio, al margen de lo económico.

Afortunadamente existen otras expresiones que a lo largo del tiempo han marcado esos lazos comunes: el cantante Raúl Shaw Moreno en su momento fue el boliviano más conocido en Argentina. Jaime Torres, eximio charanguista de ascendencia boliviana, discípulo de Mauro Núñez, todavía sigue sonando fuerte pese a su edad avanzada.

Ahora ha surgido un nuevo referente del que nuestros medios casi no se ocupan: Osqui Guzmán, actor y comediante de primerísimo nivel. Nacido en 1971, de padres bolivianos dedicados a la costura, estudió en el Conservatorio de Arte Dramático y desde hace más de 15 años actúa en películas, series televisivas y en presentaciones teatrales. Ya en 2006 fue nominado al premio Martín Fierro en la categoría de labor humorística, por su participación en el reparto estelar de Hermanos y Detectives, una exitosa serie televisiva. En 2009 fue declarado por la legislatura porteña Personalidad Destacada de la Cultura de la Ciudad de Buenos Aires.

Osqui Guzmán ha recibido numerosos otros premios, pero el que más resalta es el Estrella del Mar por su impecable actuación en la pieza teatral Bululú, comedia del español argentino José María Vilches, en la que se recogen trozos adaptados de Lope de Vega, Quevedo, Cervantes, Proncet y García Lorca. Vilches recorrió todo el territorio argentino y varios países vecinos realizando como 1.500 actuaciones durante nueve años seguidos.

Osqui Guzmán está en un camino similar desde su primera presentación en 2010. Pero el Bululú del argentino boliviano tiene sus propios e inconfundibles matices. Aparece en escena con el traje bordado de la diablada, con su impactante careta incluida; pero además introduce en los intermedios narraciones autobiográficas de inmensa ternura y espontaneidad y adaptaciones propias y de su pareja, Leticia Gonzales.

Recientemente en el Teatro Picadero de Buenos Aires se presentaron con éxito resonante cuatro funciones de este Bululú. Y dice Osqui Guzmán en el prospecto de presentación: “El Bululú ha dormido suficiente y antes de que su público se extinga, vuelve a desempolvar con su teatralidad funambulesca, las páginas de su repertorio (…). El Bululú dice que los recuerdos son trapos viejos y que solo una buena confección los vuelve memoria. Que por eso ha tomado de mí (sin pedir permiso), mi antigua profesión de costurero, las huellas heredadas de Bolivia, el juguete que entretiene mi destino. Yo me dejé”. ¿De quién debería ser la iniciativa para que este notable artista actúe en Bolivia?