“Tambor” Vargas: un héroe olvidado y degradado

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De Comandante a Sargento Mayor

“Tambor” Vargas: un héroe olvidado y degradado

Aquí y Ahora/ La Razón 10 abril 2016

Toda sociedad construye sus creencias profundas por lo general a partir de hechos o personajes reales. Por eso tenemos un Tupac Katari que proclamó que volvería y sería millones, o un Murillo que dejó una tea encendida que nadie podría apagar, o unas heroínas de la Coronilla que regaron con su sangre el camino de la independencia y nos legaron un magnífico pretexto para homenajear a las madres, o un Abaroa que les mentó la abuela a quienes le intimaron rendición. Es natural que en el proceso de formación de estas creencias intervenga la imaginación en dosis difíciles de precisar. A veces inconsciente y otras deliberadamente se exageran cualidades y virtudes de los héroes hasta convertirlos en seres mitológicos, alejados del dato histórico verificable. Pero esos hombres y mujeres fueron de carne y hueso, existieron en la vida real.
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Libros que tardaron siglos en nacer

Los libros, una vez que rompen el cordón umbilical que los une a las imprentas, deben valerse por sí mismos, caminar solos por el mundo, dijo en cierta ocasión Pablo Neruda.

¿Qué pasa, sin embargo, con los libros concebidos, engendrados (escritos a mano), que no alcanzan a llegar a una imprenta  y tardaron a veces siglos para ser paridos?

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Novelas

El formato literario es el único capaz de conseguir que quien lee ‘construya’ las situaciones y los personajes.

Cuando García Márquez publicó El general en su laberinto (1989), historiadores latinoamericanos, entre ellos varios bolivianos, reclamaron airados no solo por la presunta irreverencia con la que fue tratado Bolívar, sino por una serie de inexactitudes históricas que presuntamente abundarían en el texto. Al estilo caribeño, Gabo les respondió más o menos así: de qué se preocupan, mi libro no es un manual de Historia, es una novela.

En efecto, el formato literario, con sus dosis de ficción pero con un lenguaje seductor, es el único capaz de conseguir que quien lee “construya” en su imaginación las situaciones y los personajes. Así, las historias cobran vida. Por experiencia propia, desde que leí en la adolescencia Juan de la Rosa de Nataniel Aguirre (1886)  y Túpac Katari de Augusto Guzmán (1944) soy un convencido del inmenso rol formativo que desempeñan las novelas con trasfondo histórico. Más aún si son llevadas al formato audiovisual. Sigue leyendo