Novelas

El formato literario es el único capaz de conseguir que quien lee ‘construya’ las situaciones y los personajes.

Cuando García Márquez publicó El general en su laberinto (1989), historiadores latinoamericanos, entre ellos varios bolivianos, reclamaron airados no solo por la presunta irreverencia con la que fue tratado Bolívar, sino por una serie de inexactitudes históricas que presuntamente abundarían en el texto. Al estilo caribeño, Gabo les respondió más o menos así: de qué se preocupan, mi libro no es un manual de Historia, es una novela.

En efecto, el formato literario, con sus dosis de ficción pero con un lenguaje seductor, es el único capaz de conseguir que quien lee “construya” en su imaginación las situaciones y los personajes. Así, las historias cobran vida. Por experiencia propia, desde que leí en la adolescencia Juan de la Rosa de Nataniel Aguirre (1886)  y Túpac Katari de Augusto Guzmán (1944) soy un convencido del inmenso rol formativo que desempeñan las novelas con trasfondo histórico. Más aún si son llevadas al formato audiovisual. Sigue leyendo

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