La (des)integración de América Latina

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Soria Galvarro / 12 de marzo de 2017/

Tiempos hubo en que nuestro país, a tenor de lo que pasaba en América Latina, se embarcó ciegamente en los procesos de integración. El más esperanzador de ellos en los años 70 fue, sin duda, el Acuerdo de Cartagena, más conocido como Pacto Andino, en cuyos inicios abarcaba efectivamente a la totalidad de los países de la región andina.

Innumerables encuentros, debates interminables, negociaciones de nunca acabar y, por supuesto, incalculables recursos financieros se invirtieron en los planes integradores. Era tal la confianza que se tenía en el éxito que sus impulsores soñaban despiertos diseñando, por ejemplo, una industria automotriz conjunta en la que cada país aportaría con determinadas piezas. Uno de los que permanece en los recuerdos por su sinceridad y entusiasmo era el general Arsenio Gonzales Rojas, infatigable impulsor de los acuerdos de integración.

Además, el proceso tenía una normativa que de alguna manera restringía la inversión extranjera, pues la obligaba a “latinoamericanizarse” después de un cierto número de años. De ese modo se presentaba a los empresarios o a los Estados el desafío de reemplazar a los inversores no latinoamericanos.

Durante no poco tiempo era tal la importancia que se le asignaba al tema que incluso teníamos un titular de integración en el gabinete ministerial. En el gobierno de Lidia Gueiler, por ejemplo, durante un corto tiempo ocupó esa cartera el dirigente de las cooperativas mineras, Pánfilo Anavi.

¿Qué queda en pie después de tantas décadas?

Pues nada, o casi nada. El primer rudo y traicionero golpe al Pacto Andino lo dio Chile, al abandonar el Acuerdo y abrirse unilateralmente a la inversión externa. De ahí en más todo fue desmoronarse y dar marcha atrás. Quizá lo único que queda son los bajos índices de intercambio comercial, algunos pocos mecanismo de relacionamiento político y una sigla en los pasaportes que nos identifica como miembros de la “Comunidad Andina”.

Desafortunadamente, iniciativas posteriores de integración corren el riesgo de seguir el mismo camino.

La edición argentina de Le Monde Diplomatique de febrero analiza esta cuestión como tema central bajo el sugerente gran titular con el que encabezamos esta columna. El dipló “una voz clara en medio del ruido”, como reza uno de sus lemas, no es nada optimista con lo que está ocurriendo. Para despertar el interés de los lectores rescatamos algunos fragmentos del denso aporte intelectual que presentan los articulistas: “En un contexto de crisis de la globalización, el estancamiento de los procesos de integración profundiza las fracturas regionales”… “Arduo pasado y dudoso futuro de las uniones regionales”… “El sesgo hacia un contenido político y de defensa de los intereses comunes de los países asociados que impulsaron en el Mercosur los gobiernos llamados progresistas entre 2004 y 2015, se invierte ahora con la llegada al poder de las fuerzas conservadoras en Argentina y Brasil”

Se lanzan también preguntas inquietantes aún no respondidas: “¿Cómo convivirán Unasur y Celac… organismos más políticos e independientes, con los gobiernos que potencian nuevamente el modelo exclusivamente económico-comercial de la integración?… “¿Cual será el futuro del Alba?”

El único rayo de esperanza que surge de la lectura de estos análisis es que, pese a todo, a la derecha que empuja el péndulo hacia su lado no le será nada fácil la reimplantación lisa y llana del esquema neoliberal. Eso indica que, al margen del desarrollismo campante, lejos de las acciones efectistas, por encima de la ceguera y la soberbia, algo distinto podría hacerse, hasta que los vientos vuelvan a soplar en la otra dirección. Pienso.

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Cárceles: bomba de tiempo

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Cárceles: bomba de tiempo

/Aquí y Aohra, La Razón, 29 enero, 2017/

Los recientes acontecimientos luctuosos que vienen ocurriendo en Brasil nos recuerdan que el grave problema de los regímenes penitenciarios tiene dimensiones continentales. Pero, como suele decirse “mal de muchos… consuelo de tontos”.

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Gas: ni despilfarro ni privilegios

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La Razón (Edición Impresa) / Aquí y ahora – Carlos Soria Galvarro

26 de febrero de 2017

Cualquiera que crea que un crecimiento material infinito es posible en un planeta físicamente limitado, o es un loco o es un economista”, la cita de Kenneth Boulding aparecida en un reciente artículo de Rafael Bautista, nos abre el camino para reflexionar sobre una información muy seria que circuló en días pasados: la demanda mundial de gas seguirá subiendo en los próximos 30-40 años y la del petróleo se mantendrá aunque sin crecer demasiado.

Quiere decir esto que las energías “limpias” como la solar, la eólica e incluso la hidroeléctrica (considerada menos “limpia”) no reemplazarán el consumo de combustibles fósiles, gas y petróleo, a lo sumo lo disminuirán porcentualmente en el conjunto. Los únicos que podrían estancarse y hasta reducir su volumen neto de consumo son el carbón y la energía nuclear. Demás está predecir lo que esto significará para el calentamiento global del planeta y los cambios climáticos que ocasiona.

Pero, en el caso nuestro, y dado el modelo vigente, significará también que proseguirá la frenética búsqueda de yacimientos de gas, incluso al interior de áreas protegidas y parques naturales como ya se ha anunciado, todo ello para asegurar la continuidad de las exportaciones y atender la creciente demanda interna. En otras palabras, en los próximos decenios, nos guste o no, seguiremos en gran medida dependiendo de la producción gasífera.

 En esa perspectiva, ¿cómo evitar que para las futuras generaciones quede un país saqueado y depredado, sin recursos y sin sus problemas básicos resueltos? ¿Qué alternativas tenemos?

En primer lugar, nos parece que debería mantenerse y consolidarse el control soberano de este recurso natural, impidiendo que retorne el dominio voraz de los pulpos transnacionales. “Socios”, sí, todos los que sean imprescindibles, pero nunca otra vez “patrones”.

En segundo término, se necesita reforzar la normativa ambiental y asegurar su efectivo cumplimiento, entre otras vías, mediante un monitoreo permanente tanto desde el Estado como desde las organizaciones sociales antes, durante y después de los procesos de exploración y explotación. Nos lo dijo un experto al que hemos consultado: hasta no hace mucho tiempo el trabajo se hacía sin ninguna consideración con el medio ambiente, ahora esto es imposible, existen nuevas tecnologías y una frondosa normativa que, bien aplicadas, reducen al mínimo los inevitables daños ambientales. En muchos casos estos daños no derivan de la actividad productiva misma, sino de las secuelas que ésta deja en caminos, campamentos y otras obras de penetración que abren paso a migraciones espontáneas y depredadoras que destruyen la diversidad biológica de los sistemas ecológicos.

Por último, dado que los ingresos por la venta de gas seguirán siendo la principal fuente de ingresos del país urge definir cómo van a ser utilizados. La inversión de la renta hidrocarburífera debe priorizarse en apoyo de transformaciones productivas en otros rubros, particularmente en la atención de necesidades básicas de educación, salud, soberanía alimentaria, infraestructura y en una serie de políticas públicas que tiendan a la equidad social, a la disminución de las desigualdades, al fortalecimiento institucional y eficiencia de los distintos niveles el Estado. En resumen, no más despilfarro irresponsable ni privilegios para unos pocos, esa es la cuestión.

Ninguno de los tres lineamientos aquí enunciados puede desenvolverse sin un debate democrático, abierto y enriquecedor que permita generar consensos básicos. Imponer decisiones tecnocráticas sin someterlas a la crítica ni proporcionar información confiable, es tan perjudicial como el dogmatismo ecologista que pretende dejar intocada la naturaleza.Ni locos ni economistas, simplemente ciudadanos.

SU TUMBA ES EL MAR

 

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“El Qh’echi”, su tumba es el mar

Puerto Montt, octubre de 2001. Una enorme multitud se ha congregado a orillas del mar en la curva de Pelluco al pie de una colina donde hay un pequeño barrio.

Él había bautizado con el sonoro nombre quechua Kay Huasi (“esta casa”) el hogar pionero que construyó en la parte más alta.  Después, algunos nuevos vecinos lo adoptaron para designar el lugar y así quedó en los primeros planos urbanísticos.

La orquesta ejecuta melodías clásicas mientras una pequeña embarcación en la que flamea la bandera tricolor boliviana se aproxima lentamente a la costa. El hijo mayor desciende de ella, y cuando las aguas alcanzan su cintura, vacía el contenido del pequeño cofre que lleva en las manos. Sus cenizas han quedado desparramadas en el mar, tal cual lo había dispuesto. Muchos de los circunstantes lloran mientras arrojan al agua las flores traídas para despedir al médico que, por más de un cuarto de siglo, había atendido a todos con esmero y dedicación.

Llegó a Chile pocos días antes del 11 de septiembre de 1973 para obtener una especialidad en cirugía. El hospital donde tenía una beca-trabajo se convirtió de pronto en uno de los centros del horror de aquellos días. Cientos de heridos y mutilados por la violencia del golpe pinochetista fueron traslados allí. Los médicos, él entre ellos, trabajaron sin dormir salvando vidas. Con lágrimas en los ojos años después contó esa dramática experiencia que quizá le generó un inconsciente pacto de sangre con el país vecino.

Terminada la especialidad se enfrentó a una decisión crucial. Volver a Bolivia, donde la dictadura de Banzer perseguía a varios de sus familiares y podía cualquier día incluirlo en sus listas, o buscar trabajo en algún recóndito lugar del largo mapa de Chile. Optó por lo segundo y se fue al sur con toda su familia. Pensó que su estadía sería corta, de apenas el tiempo necesario para afianzar sus habilidades quirúrgicas. Pero, el bello paisaje de bosques y lagos casi eternamente regados por la lluvia, el afecto con que la  gente lo recibió y su apasionada dedicación al trabajo, lo retuvieron allí 26 años. Cuando hacía preparativos en serio para volver a Cochabamba y llevar una vida descansada aunque siempre dedicada a aliviar el dolor humano, lo sorprendió la muerte. Ya no pudimos ir juntos al Carnaval de Oruro como lo habíamos planeado al recibir en su hogar el nuevo milenio.

Desde muy joven lo apodaron “El Qh’echiª” por el corte de pelo erizado que usaba, sobrenombre que yo heredé al trasladarme a La Paz como “El Qhe’chi menor” y que ciertamente conservo con orgullo, aunque muchos ignoran dónde se origina.

En algunas ocasiones, bajo el rótulo de “Siluetas”, intenté brindar en esta columna pinceladas sobre personas que conocí y que merecen ser recordadas. Renuncié a este propósito debido al riesgo inminente de convertirme en un escritor sólo de obituarios, dada la cantidad de gente conocida que se adelanta en partir. Sin embargo, hoy hago la excepción en recuerdo de mi hermano querido, Eduardo Soria Galvarro, que hubiera cumplido años este 12 de enero. La silueta de un boliviano de los muchos notables que circulan o circularon por el mundo.

La coherencia, otra vez

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Si hay algo que los ciudadanos descubren con extrema facilidad y repudian es la falta de coherencia.

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Soria Galvarro

/ 01 de enero de 2016

Al repasar las columnas que cada quincena publiqué el año ya pasado, descubro una constante que al parecer me obsesiona: si hay algo que los ciudadanos descubren con extrema facilidad y repudian es la falta de coherencia. Es decir, cuando lo hecho no concuasa con lo dicho. Decir una cosa y hacer lo contrario es la mejor manera de anotarse puntos en contra; y esto no se arregla con abusivas, millonarias y machaconas campañas de propaganda en los medios… Las estrategias que venden gato por liebre, propias del marketing político, pueden alcanzar logros parciales; son capaces de obtener “resultados” a pedido de sus clientes, pero a la vuelta de muy poco, tales éxitos se muestran efímeros y deleznables.

Se cumple el viejo adagio atribuido a Lincoln de que se puede engañar todo el tiempo a una parte del pueblo, o una parte del tiempo a todo el pueblo, pero nadie puede engañar todo el tiempo a todo el pueblo.

Gonzalo Sánchez de Lozada tuvo que aprender en carne propia la lección del 2002. Atenido a su millonaria chequera contrató los servicios de los más capos estrategas norteamericanos y consiguió volcar transitoriamente los resultados a su favor, de la misma forma que algunas campañas publicitarias posicionan momentáneamente un determinado producto, hasta que los consumidores comprueban que éste no es como lo pintan.

Ciertos estrategas del oficialismo, que tienen a su disposición una desmesurada cantidad de recursos públicos y que no poseen ni de lejos la eficiencia de los “marketineros” yanquis, podrían también asimilar la lección en lo que les toca.

Parece increíble, al final, más temprano que tarde la gente desecha lo que es “pura propaganda” y compara la información con los datos de la realidad. Si la información coincide con sus propias percepciones, si no contradice a los hechos, se refuerzan las convicciones, renace el entusiasmo y las adhesiones surgen de un modo natural y espontáneo. Y a la inversa, cuando por ejemplo se reitera la consigna de “cero tolerancia a la corrupción” y a la vez se propugna candidatos con notoria cola de paja, los resultados están a la vista. La coherencia es, pues, la clave del éxito.

Siento que esta reflexión es muy pertinente. El año que comienza hoy viene muy cargado, será de grandes batallas políticas que definirán el rumbo de los procesos de cambio iniciados el 2006.

El contexto externo es adverso tanto en lo económico como en lo político; pende la amenaza del retorno del “gran garrote” estadounidense contra las posiciones soberanas, las transformaciones progresistas en democracia y los avances de la integración latinoamericana.

En lo interno el panorama no es menos complicado. El bloque social que apoya al proceso tiene varios síntomas de deterioro y está seriamente erosionado por el lado de las capas medias y la intelectualidad. La credibilidad de su liderazgo ha sido afectada por sucesivos escándalos de presunta corrupción y por errores estratégicos de gestión, como el no haber previsto la crisis del agua.

La insistencia en modificar la Constitución para repostular al presidente Evo es una apuesta peligrosa de resultados inciertos. Por otra parte, la persistente confrontación con los medios, sector que encabeza los índices de credibilidad, provoca que los gremios periodísticos cierren filas inamistosamente, justo en momentos en que la batalla por la información será decisiva; pero además, suena a cojo echando la culpa al empedrado.

Recuperar la sensatez y el realismo, corregir errores, reconducir el proceso…Dudo que sean coherentes… pero la esperanza es lo último que se pierde. ¡Feliz 2017!

Comisión de la Verdad y apertura de archivos

En medio de los enredos que ensombrecen el panorama de este fin de año, a pesar de las incoherencias de unos y otros, y por encima de las estridencias desatadas por el apasionamiento político, hay en ciernes un avance positivo enfilado a saldar una antigua deuda histórica de la democracia. Se trata del tratamiento de una ley que debe establecer una Comisión de la Verdad para cerrar los casos de persecuciones, asesinatos, torturas, desapariciones y otros atentados contra los derechos humanos del periodo 1964-1982.

Si el tema no vuelve a estancarse o postergarse sin fecha como ocurrió anteriormente, si no se la deja de lado ante apremios políticos circunstanciales, en las próximas semanas esta ley con sus objetivos primigenios tendría que ser promulgada de una buena vez. Si esto ocurre, no solamente se atendería la mencionada cuenta pendiente, aspecto que ya de por sí es relevante. También se cumpliría un compromiso que, como Estado, Bolivia asumió en reiteradas oportunidades ante organismos internacionales y que venía soslayando sin una explicación coherente. Pero además, y esto es muy importante, la comisión a nominarse tendría la suficiente autoridad para ordenar la apertura de archivos clasificados, de todas las reparticiones del Estado y de cualquier otra institución pública o privada.

Hace poco, en actitud loable, el Ministerio de Relaciones Exteriores decidió la desclasificación de sus archivos, una poderosa señal que se esperaba sea imitada por otras instancias del aparato estatal. Si esto no ha ocurrido todavía por iniciativa propia, tendría que suceder ahora por mandato de la ley, si finalmente ésta se aprueba sin recortes ni limitaciones de última hora.

Quiere decir lo anterior que en  2017 podría crearse en el país un clima de saludable transparencia, por lo menos en lo que se refiere a fuentes documentales, en especial del sector del Ministerio de Defensa y de las reparticiones castrenses que están bajo su dependencia; entidades que hasta hoy han sido las más reticentes a la apertura de sus archivos, dejando la sensación de que se ocultan deliberadamente responsabilidades y evidencias de crímenes como el cometido con Marcelo Quiroga Santa Cruz y Carlos Flores Bedregal, el fatídico 17 de julio de 1980.

En el año que está por llegar se cumple el medio siglo de la guerrilla de Ernesto Che Guevara, acontecimiento que está inmerso en el periodo antes señalado y que posee también diversas aristas investigables por la llamada Comisión de la Verdad. Por ejemplo: el asesinato y la desaparición forzada de prisioneros (entre ellos el propio Che, Simeón Cuba, Aniceto Reinaga, Julio Velasco, Jorge Vázquez Viaña y otros, además de la larga lista de fusilados en la guerrilla de Teoponte). El reparto de las pertenencias de los capturados como botín de guerra no impidió que una parte de la documentación incautada en las acciones fuera a parar a los archivos militares junto a los papeles producidos por la propia institución castrense.

A estas alturas y en correspondencia con el clima de apertura que podría generarse con la ley que comentamos, correspondería realizar un acopio sistemático y riguroso del material documental que ha quedado en manos privadas o ha desaparecido (como el caso de toda la documentación del juicio de Camiri contra el intelectual francés Regis Debray y el artista argentino Ciro Bustos). Pero a la vez es imprescindible abrir esos archivos, rompiendo el trato discriminatorio que ha imperado hasta el presente al permitir trabajar en ellos solo a los investigadores militares. Después de 50 años, no tiene sentido seguir guardando secretos que en gran medida ya no lo son.

Fidel Castro

fidel-castro-1-580x458Aquí y Ahora La Razón (Edición Impresa) / 04 de diciembre de 2016/

Al firmar el libro de condolencias por su partida me enfrenté a la misión casi imposible de resumir en pocas palabras mi percepción sobre un personaje de dimensiones universales. Esto es lo que salió: “Gigante del pensamiento, la palabra y la acción; campeón de la dignidad de los pueblos de Cuba y de América Latina”.

La noticia de su muerte conmovió al mundo, en ningún país pasó desapercibida. Por el contrario, suscitó casi siempre expresiones de admiración, de respeto y congoja. Los funerales, con la participación de millones de personas de todas las edades y condiciones, difícilmente tienen parangón, tanto en la isla como en el planeta entero. Con solo mencionar estos dos elementos caen en el más grotesco ridículo las acciones de jolgorio de grupos de residentes de origen cubano en Miami, cuyas imágenes fueron difundidas hasta el cansancio y el hastío por CNN y otras cadenas televisivas. Asimismo, dejan una pésima impresión las palabras del presidente electo de  Estados Unidos, quien ha desenterrado la caduca fraseología de la Guerra Fría y ha dejado una amenazante perspectiva de anular lo que se había avanzado con Obama en materia de normalización de relaciones, y lo peor, levantar de nuevo el “gran garrote” (big stick) contra nuestros pueblos.

En resumen, con Fidel Castro estamos ante una personalidad descollante e influyente del último medio siglo a nivel mundial. A riesgo de quedarnos cortos se enumeran a continuación algunos de sus aportes, en gran medida plasmados en la Cuba de hoy. Por encima de todo, la irrenunciable dignidad y soberanía de los pueblos que él mismo encarnó en su patria; la visión bolivariana y martiana de integración de la gran patria latinoamericana; su convicción de la necesidad y posibilidad de cambios revolucionarios orientados a la igualdad y la justicia social; su concepción del desarrollo, no solo como crecimiento económico, sino también como desarrollo social dirigido a reducir y eliminar la pobreza, aspectos que se tradujeron en notables logros en la educación y la salud, adelantándose a las metas del milenio de la ONU; la genuina posición internacionalista y solidaria concretada en el apoyo a la lucha contra el dominio colonial en África y en las misiones de salud desplegadas en decenas de países; la erradicación de la discriminación y las desigualdades, tanto raciales como de género; iniciativas pioneras en pro de una conciencia ambientalista; su invariable apoyo a la reivindicación marítima boliviana, y un largo etcétera.

El camino no fue nada fácil ni tranquilo, ya se sabe. Desde el norte vinieron atentados terroristas; reclutamiento, preparación y financiamiento de grupos contrarrevolucionarios; campañas masivas y multimillonarias de desinformación; persistente y criminal bloqueo económico y financiero; aislamiento y expulsión de organismos internacionales como el sistema interamericano de la OEA; política migratoria destinada a seducir y atraer a refugiados cubanos (clara muestra de discriminación con los migrantes de los demás países latinoamericanos); y, junto a otro gran etcétera, por si lo anterior fuera poco, un increíble número de conspiraciones para eliminar físicamente a Fidel Castro. Frente a tal cúmulo de obstáculos, cuánta razón tenía Eduardo Galeano al decir que la Revolución cubana resultó lo que pudo ser y no lo que quiso ser.

No siendo un ente angelical, con sus virtudes y defectos, con sus manías y errores, con sus certezas e intuiciones, pero con su tenacidad a toda prueba y su terco aferramiento a una base de principios, Fidel Castro pasó la prueba. La Historia lo absolverá, no me cabe la menor duda.

La incoherencia manda

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LA INCOHERENCIA MANDA/

Aquí y Ahora. La Razón 20 de noviembre de 2016/

Rafael Puente ha dicho hace poco que falta realismo político a la conducción del partido de gobierno en lo relativo a la repostulación. Una crítica sensata de un antiguo militante de proceso de cambio, planteada en términos constructivos y fraternales. Puente no puede ser tildado de irreflexivo y menos de estar al servicio de la derecha o del imperio; pero se queda corto.

Muchos se preguntan, entre ellos quien escribe esta columna, si hay realmente un nivel de conducción en el partido de gobierno. ¿Existe un núcleo de dirección que analiza las complejas y cambiantes coyunturas, que debate y señala rumbos para el accionar político cotidiano? Por las incoherencias que vemos a diario es fácil llegar a la conclusión de que dicha conducción no funciona, o más directamente, no existe. Pareciera que el proceso se mueve al compás de impulsos intuitivos de sus líderes, particularmente del presidente Morales, los mismos que no siempre son acertados y oportunos. Decir una cosa y en la práctica hacer algo diferente es incoherencia, con todas sus letras.

Volviendo al tema de la repostulación, por ejemplo en balance colectivo tras el referéndum del 21 de febrero, llegan a la conclusión de que el tema debe ser abordado el 2018 y no antes. Esta decisión no se ha cumplido, pues a ojos vistas se viene haciendo todo lo contrario.

Se reducen los ingresos del país por la baja de los precios de nuestros productos exportables, pero las señales de austeridad brillan por su ausencia. Al contrario, aparecen síntomas de una “burocracia insensible y satisfecha” (como decía Lechín, refiriéndose a los movimientistas en el poder).

Se habla de autonomías y de hacer funcionar las atribuciones y competencias de los diferentes niveles del Estado, pero se ponen todas las trabas posibles a las autoridades electas que no son del bando oficial y se impone la tendencia a centralizar recursos. Se busca con ello continuar con la entrega desenfrenada de obras y obritas, no siempre adecuadamente priorizadas y con mayores riesgos de manejo irregular, aspecto que a su vez contradice el lema oficial de cero tolerancia a la corrupción.

Existen muchos desafíos y grandes proyectos de transformación, pero en vez de responder a los opositores con información precisa y con sólidos argumentos, el Gobierno se muestra empeñado en buscar triquiñuelas judiciales para inhabilitarlos. ¿Qué estrategia puede ser esa que brinda a los líderes opositores gran cartelera mediática y posibilidades de aparecer como víctimas?

Sin desmerecer todo lo bueno que se haya podido hacer en el tema sensible y vital del agua, ¿cómo no advertir que el asunto, especialmente en las ciudades, requería ser altamente priorizado y mejor atendido desde hace bastante tiempo?

Los responsables del proceso, si los hay, parece que no se ubican en la realidad; han perdido la capacidad de reconocer las fallas en que incurren con tanta frecuencia. Con solo recuperar la sencilla fórmula de austeridad, eficiencia y transparencia, darían un gran avance. Deberían recordar que el pueblo no solamente reclama coherencia, sino que sabe tomar muy en cuenta cuando ella está ausente.

Arbitrariedad y llunqerío en nominaciones

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Diario histórico de los sucesos ocurridos en las Provincias de Sicasica y Ayopaya , durante la Guerra e la Indepenencia Americana, desde el año 1814 hasta el año 1825.

Escrito por un comandante del Partido de Mohosa Cno .José Santos Vargas.

Año de 1852

La tapa del famoso diario del “Tambor” Vargas (nacido en Oruro, el 28 de octubre de 1796)

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Aquí y Ahora en La Razón, edición impresa, 6 de noviembre 2016

Nadie ha podido explicarme por qué una arteria principal de la ciudad de El Alto lleva el nombre del hijo de un ex prefecto del Departamento de La Paz (Franco Valle). Algo parecido, había una calle en Santa Cruz que tenía el nombre del hijo de un ex presidente (Boris Banzer). ¿Quién o quiénes decidieron esas nominaciones y por qué razones? ¿Hicieron en sus vidas algo meritorio esos muchachos para que sus nombres sean recordados con la designación de espacios públicos? Me temo que no. Sospecho más bien que son designaciones arbitrarias y abusivas tomadas al calor de situaciones circunstanciales de poder. Lo peor es que después, como nadie pregunta, por costumbre ellas quedan aceptadas y adoptadas de modo permanente. Así construimos, frecuentemente, un imaginario común plagado de falsos héroes y carente de valores perdurables.

Y a la inversa,  cuántas personalidades descollantes, de antes y de ahora, hombres y mujeres de gran mérito, vidas ejemplares que merecen ser recordadas, permanecen en el anonimato o se les mezquina el reconocimiento que merecen. Ejemplos sobran, pero basta mencionar uno: Apenas un establecimiento educativo en La Paz lleva el nombre de  José Santos “Tambor” Vargas, comandante guerrillero de la independencia que dejó un increíble diario escrito de una década de luchas; y vale la pena revelar que esto es así gracias a la intervención de quienes trabajábamos en el semanario Aquí a fines de los años 80, nosotros convencimos a su directora, la hermana  Amparo Carvajal,  para que rechazara el nombre de la esposa del canciller de entonces “porque había obsequiado un estandarte”, como algunos profesores y padres de familia querían bautizar al colegio. Hace poco se designó con el nombre del “Tambor” a la escuela militar de música en Oruro, no sin antes degradarlo de “comandante” a “sargento mayor”. Y para colmo, no se ha construido en esa ciudad el monumento cuya piedra fundamental colocó el presidente Morales hace ya cuatro años.

Entretanto, con alarmante frecuencia, están apareciendo designaciones con los nombres de autoridades en ejercicio, principalmente del primer mandatario, pero también del vicepresidente y de otros funcionarios. Un llunkerío repugnante que puede derivar en un pernicioso “culto a la personalidad”, sobre el cual hablaremos en otra ocasión.

Por lo dicho hasta aquí se constatan dos cosas: No existe o no se cumple normativa alguna en relación a la nominación de establecimientos públicos, territorios, sitios, calles y plazas o eventos; reina una total arbitrariedad en este campo. Cualquier poderoso de turno puede darse el lujo de designar o permitir que se hagan esas designaciones con su propio nombre o el de alguno de sus parientes. Peor aún, en muchas comunidades existe la peligrosa inclinación a colocar nombres de autoridades en señal de agradecimiento por determinadas obras, como si éstas fueran un regalo de alguien y no el cumplimiento de obligaciones de los servidores públicos que manejan los recursos, es decir la plata de todos.

Aunque sería mejor que por decoro las personas involucradas rechacen estos interesados halagos a su vanidad,  resultaa necesaria una ley específica al respecto. En muchos países, Cuba entre ellos, existen normas legales explícitas para evitar estas situaciones. Y, hasta donde sabemos, el principio básico elemental que rige dicha normativa es que ninguna designación de este tipo puede recaer sobre personas aún con vida. Esta saludable disposición deja a la historia y a las generaciones futuras la valoración del aporte de cada quien. Un buen ejemplo a seguir, no les parece?

Democracia, el mejor camino

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El presidente de la Cámara de Senadores, Julio Garret Ayllón (MNR), toma el juramento a Hernán Siles Zuazo, lider de la UDP.

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Soria Galvarro

23 de octubre de 2016

En estos 34 años de democracia en Bolivia hubo de todo, tanto que es difícil hacer un recuento minucioso. El 10 de octubre de 1982, asumió el gobierno de la Unidad Democrática y Popular (UDP), cuya victoria en las urnas le había sido escamoteada por el golpe militar del 17 de julio de 1980. En vez de nuevas elecciones se impuso la fórmula de instalar el Congreso elegido antes de la acción golpista. Parecía una solución práctica y viable ante las urgencias del momento, pero escondía los gérmenes del desastre, pues ponía al nuevo gobierno a merced de una oposición mayoritaria en el Parlamento.

La UDP, expresión unitaria de las fuerzas que habían resistido y finalmente derrotado a la dictadura militar, heredaba una tremenda crisis económica y tenía las manos atadas para resolverla. Sumadas sus complicaciones internas y la falta de consecuencia en la aplicación de su propio programa, el resultado fue la catástrofe: hiperinflación galopante, inestabilidad social y política inauditas.

Fue anulado un largo proceso histórico de acumulación en pro de una democracia de masas que transforme el país y atenúe las desigualdades sociales. La oportunidad terminó derrochada sin misericordia. Esta aplastante derrota de la izquierda en el poder abrió el camino a la ejecución de las recetas del así llamado “ajuste estructural”. A título de recuperar la estabilidad, se implantó un modelo neoliberal implacable que se extendió por más dos décadas (1985-2006).

Privatizaciones, “relocalización”, entreguismo, pérdida de la soberanía, sometimiento al poder imperialista, ensanchamiento de las desigualdades fueron las características predominantes.

Entremezclados se produjeron fenómenos a tomar en cuenta como el surgimiento, apogeo y desaparición de liderazgos caudillistas (Max Fernández/Carlos Palenque); y para vergüenza del país, la designación del exdictador Banzer a la presidencia gracias a apenas un 22% de la votación (1997). Y también la desaparición de corrientes presuntamente renovadoras de la izquierda como el MIR, una de cuyas alas sucumbió cruzando los “ríos de sangre” que lo separaban del exdictador; la otra hizo lo propio proporcionando un barniz “progresista” a los potentados del esquema neoliberal.

En materia de reformas políticas, contradiciendo sus posibles motivaciones iniciales, la Ley de Participación Popular (1994), al reconfigurar los espacios territoriales, entregar recursos a las instancias locales y estimular el control y la participación social, fortaleció los movimientos sociales, especialmente en las áreas rurales.

Poniendo en evidencia que la democracia no es una panacea que resuelve de por sí todas las diferencias, en la década de los 90 hubo torturas y asesinatos de prisioneros, como los casos del Ejército Guerrillero Túpac Katari (EGTK) y la Comisión Néstor Paz Zamora (CNPZ), y hasta masacres de mineros, como la de Amayapampa y Capasirca.

Al rayar el nuevo siglo, acontecimientos augurales son la llamada “guerra del agua” en Cochabamba y la insurgencia indígena/originario/campesina en el altiplano, vinculados de cierta forma al renacimiento de identidades étnicas al calor de los 500 años y a la reivindicación de “territorio y dignidad” de los pueblos indígenas de tierras bajas.

El hito que abre el paso a los tiempos nuevos fue el estallido insurreccional de octubre de 2003, con epicentro en El Alto. Pero de esta crisis, como de todas las anteriores y posteriores, los bolivianos logramos salir por caminos democráticos. Es más, hemos sido capaces de proyectar y aplicar grandes y perdurables transformaciones por la vía democrática. Ésa es una fortaleza a ser defendida y consolidada, no hay donde perderse.